Redes Sociales y redes en general

Las redes sociales según Baudrillard son otro simulacro (quizá el más recurrente de nuestra época). Nos permiten comunicarnos con un contacto tan fluido y distante como nunca antes pudo soñar el ser humano. A personas a las que nunca hemos visto o a las que hace años que no hemos podido tener cerca, les contamos y mostramos cosas a diario, compartiendo con cientos o miles de interlocutores simultáneos esos episodios en instantes fugaces.

Dedicamos a esa tarea un tiempo y una aparente satisfacción crecientes. Y sin embargo, como advirtiera Baudrillard en 1979, antes de que las redes sociales fueran la interfaz digital que ahora entendemos, pasamos por alto hasta qué punto son contacto fallido, comunicación insatisfactoria, un espejismo.

Leía en las semanas pasadas, por razones ajenas a lo ahora tratado, “De la seducción” de Jean Baudrillard

Y el viejo maestro decía:

“Se juega a hablarse, a oírse, a comunicarse, se juega con los mecanismos más sutiles de representación de la comunicación. Función fática, función de contacto, el habla sosteniendo la función formal del habla […] se vuelve hipertrófica en la teledimensión de las redes. El contacto por el contacto se convierte en una especie de autoseducción vacía del lenguaje cuando ya no hay nada que decir […] El lenguaje no necesita de ‘contacto’: nosotros necesitamos una función de ‘contacto’, una función específica de comunicación, precisamente porque se nos escapa […] El esquema de Jakobson y su axiomática de la comunicación [su identificación de una función fática muy diferente a la que Malinowski había detectado en las culturas primitivas] es contemporáneo a una peripecia del lenguaje en la que se empieza a no comunicar en absoluto. Es urgente, pues, restituir analíticamente la posibilidad funcional, y en particular esta función ‘fática’, que en buena lógica no es sino una perogrullada: si habla, habla. Pero no, precisamente, y lo ‘fático’ es el síntoma de que ya hay que reinyectar contacto, producir circuitos, hablar incansablemente para hacer el lenguaje sencillamente posible. Situación desesperada en la que el simple contacto aparece como un prodigio” (p. 155).

Y añadía:

“Si lo fático se hipertrofia en las redes (es decir, en todo nuestro sistema de comunicación de medios de masas e informático) es porque la teledistancia hace que ninguna palabra tenga ya literalmente sentido. En consecuencia, se dice que se habla, y dicho esto, lo único que se hace es verificar la red y la conexión con la red. Ni siquiera hay otro en comunicación con la red, pues en la pura alternancia de la señal de reconocimiento, ya no hay ni emisor ni receptor. Sencillamente dos terminales, y la señal de una terminal a otra lo único que verifica es que ‘pasa’, en consecuencia que no pasa nada. Disuasión perfecta. Dos terminales no son dos interlocutores” (pp. 155-156).

Y recordando a Jean Querzola apostillaba:

“…cada uno de ahora en adelante, como un narciso digital, va a resbalar en la corriente de una pulsión de muerte y precipitarse en su imagen. Narciso = narcosis (McLuhan ya había hecho este paralelo)” (p. 157).

No otra cosa son buena parte de esos “Me Gusta”, de esas felicitaciones estereotipadas e inducidas que dejamos en la página de nuestros ‘amigos’, esos ‘selfies’ que lanzamos como testigos de nuestra propia nostalgia. Necesitamos sentir ‘fáticamente’ que hay alguien al otro lado de nuestro gesto cibernético. Y nos sobresaltamos si, como en el chiste, el éxito de nuestra ocurrencia colecta cero ‘me gustas’, cero comentarios, cero ‘compartidos’…estadísticas demoledoras capaces de llevarnos al psicoanalista. El estadio cero de la comunicación digital tras el probable cero previo de las conversaciones personales que sugirieron el sucedáneo sustitutorio de esas redes virtuales comercialmente fomentadas.

Un diagnóstico complementario o alternativo

Pero la realidad cibernética también produce más facetas que escapan a la diagnosis baudrillardiana. También en el acto de colgar y mirar contenidos hay un enriquecimiento de nuestra existencia. Antes sólo disfrutábamos las experiencias de otros cuando nos encontrábamos cara a cara. Y como complemento sólo podíamos recibir su espíritu prolongadamente diferido mediante cartas, la extraña interlocución de las llamadas telefónicas o la comunicación unidireccionalmente empaquetada de los libros y los medios de comunicación masiva.

La navegación feisbukiana nos permite también ahora descubrir propuestas y curiosidades de socios remotos que difícilmente encontraríamos en el boletín de noticias diario. Podemos invitar y ser invitados a pequeños o grandes sumatorios de identificación que antes no hubieran superado el espacio de unos cuantos parientes, amigos, vecinos o compañeros de trabajo. Abrimos una charla de café que se enriquece con fotos y documentos que en las viejas tertulias sólo habríamos podido dar por buenas en un acto de fe. Transportamos de unos círculos a otros retazos de realidad, opiniones o sensaciones que antes hubieran permanecido estancadas en el pequeño territorio donde nacieron. Creamos y compartimos ‘campañas’ que ayudan en ocasiones a personas y grupos realmente necesitados. Nos sentimos parte de climas y corrientes de opinión que certifican nuestra coincidencia (o discrepancia) ante los hechos y datos más variados. Descubrimos libros, canciones o películas que la industria mediática dominante nunca nos hubiera dicho que estaban al alcance de nuestra mano. Incluso, aunque sea de manera imperfecta, disfrutamos el pequeño aliento de auténticos amigos que se encuentran lejos.

Nuestro cerebro, a su vez, puede atreverse a inventar algo y lanzar botellas con algún mensaje o alguna pequeña oferta a un océano antes sólo surcado por los prepotentes medios masivos.

Las redes sociales virtuales, y en particular el espacio féisbuco, pueden ser un campo de ‘naturaleza muerta’ pero también una extensión animada y vitalizante. Cuando a la comunicación comprometida, esforzada y entusiasta de las interacciones físicas genuinas le acompañe, en ponderado equilibrio, un inspirado ejercicio de exploraciones y aportaciones virtuales, desplegadas con idéntico espíritu de encuentro auténtico.

José Luis Dader

Comments ( 0 )

    Leave A Comment

    Your email address will not be published. Required fields are marked *