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Las sociedades pluralistas contemporáneas (Dahl: “poliarquías avanzadas”) tienden a inculcar el axioma de que a mayor transparencia, mayor democracia. Y a la inversa, cuanto mayor secreto u opacidad, menos democracia o más autoritarismo y antiguo régimen de sociedad cerrada (Popper).

La obra colectiva “Secretos en Red” (2014), coordinada por el semiólogo y catedrático de teoría de la información Jorge Lozano, combina un abanico de trabajos de semiólogos, sociólogos y comunicólogos de primer nivel internacional (Eco, Fabbri, Meyrowitz, Abruzzese, Bettini, Bertrand, Fontanille, el propio Lozano), con otros de trayectoria más incipiente pero igualmente descollante (Serra, Francescutti, Albergamo, Rayco González, Arriola), que, al hilo del fenómeno WikiLeaks, problematiza la supuesta inapelabilidad del referido postulado y aborda, mediante diferentes recursos ‘ópticos’, las equívocas circunstancias en las que transparencia y engaño se retroalimentan; las razones y evidencias por las que, en definitiva, opacidad y transparencia se persiguen y complementan en una trayectoria social y personal sin progreso rectilíneo ni posible reducción al simplismo de que sujetos e instituciones absolutamente translúcidos constituyan la meta de una democracia perfecta.

Transparencia y sombra en WikiLeaks

Para el semiólogo atento, viene a decir Lozano en el primer ensayo del libro, las relaciones entre transparencia y secreto, como en todo ‘cuadro semiótico’, no se reducen a la dicotomía de la oposición. Sino que caben relaciones complementarias y oblicuas como en la representación pictórica que, en la idea de Careri y Marin (2012), depende de las “instrucciones escondidas que orientan la mirada”, las cuales constituyen los elementos opacos sin los que sería imposible ver o hacer transparente lo que el enunciador (artista) quiere translucir o mostrar.

Trasladado este planteamiento al acontecimiento político-mediático de WikiLeaks, cuya elevación a signo emblemático de una nueva era ‘de la información’ es notoria, se produce un primer choque con la transparencia sin sombras autopublicitada por los grandes rotativos coaligados en su desvelamiento. Los cuales presentaron su divulgación como un ejercicio modélico y necesario de avance de la democracia.

Frente a esas certezas aparentes, que permiten a los citados medios vanagloriarse de contribuir a la correcta progresión democratizadora, la mera experiencia acumulada en sus análisis le hace sospechar al semiólogo –más sabe el diablo por viejo que por diablo-, que la transparencia y el secreto tienen por fuerza relaciones más conflictivas. Lo que también habría ocurrido con WikiLeaks, susceptible de ser enfrentado ante incómodas preguntas semióticas: ¿Quién enuncia, qué enunciadores se interponen entre los autores de los cables diplomáticos y los autores de las ‘noticias’ publicadas, qué esconde lo traducido y qué revela lo ocultado? Y así un largo etcétera que podría concretarse en los agujeros negros de la selección informativa y la edición aplicadas, -bajo qué razones e intenciones-, a la parte hecha pública del iceberg.

Por debajo del guión dramático básico de un Robin Hood cibernético que roba a los poderosos la información privilegiada y, ayudado por los periodistas investigadores, la redistribuye entre los ciudadanos indefensos, la cuestión sin respuesta inmediata se refiere a ¿cuál es el texto realmente revelado? O más bien, si no será la forma del texto lo único auténticamente revelador y relevante, al ser el mecanismo y estructura de la mediación empleada –y no lo divulgado-, lo que a la postre desencadena novedosos efectos culturales (Serra, p, 29) ¿Qué ha hecho transparente WikiLeaks respecto a qué y a quién? Y sobre todo, ¿por qué lo más significante o clarificador del caso queda a primera vista tan oculto bajo la acumulación de coyunturales revelaciones de índole banal?

Abundando en estas idea Humberto Eco apunta que en WikiLeaks su impacto primario se limita a “un escándalo aparente en el plano de los contenidos” (p. 95): lo que llama la atención es que el gobierno estadounidense reconozca que es cierto lo que en realidad todo el mundo sabía –aunque estuviera sin confirmar y le faltara el picante aderezo de las anécdotas-, respecto a la funcionalidad cotidiana de sus embajadas como centros de espionaje. Para el académico italiano tan elemental descubrimiento no hace sino confirmar la regla característica de muchos expedientes secretos que, a su vez, conduce al éxito a las publicaciones esotéricas superventas: “repetir exactamente lo que ponía en los libros anteriores”, pues no en balde “los devotos del ocultismo creen sólo en lo que ya saben” (p. 97); razón por la cual, continua diciendo, los servicios secretos suelen mostrarse tan ineficaces para prevenir los sucesos realmente novedosos como los atentados de las Torres Gemelas.

Pero más allá de esa primera repercusión intrascendente, Eco se interesa por el nuevo territorio y las tecnologías emergentes en que transparencia y secreto políticos libran ahora su batalla, llegando a la conclusión de que Internet y la informática, considerados como la vanguardia de la custodia de datos ultrasecreta carecen ya de seguridad para los espías y los gobiernos. Hasta el punto de proponer burlonamente que debieran volver los tiempos de desplazamientos en calesas por caminos secundarios –y por supuesto desprovistos de teléfonos móviles-, si los servicios secretos quieren recuperar algo de la eficacia perdida en la preservación de mensajes confidenciales.

La tensión entre transparencia social y secreto en la democracia

En un plano mucho más transversal de la relación entre transparencia, sociedad civil y valores democráticos, varios de los autores aquí reunidos toman de Georg Simmel [“El secreto y las sociedades secretas”, 1908], la idea de que “la existencia colectiva exige cierta dosis de secreto” (y no sólo en las vicisitudes personales cotidianas, sino también en las institucionales); dependiendo además de cada época histórica o cultura el que ciertas cosas de naturaleza antes privada pasen a ser públicas y viceversa. En virtud de lo cual, ni la transparencia perfecta es alcanzable ni tampoco deseable.

Tal relatividad abre a su vez una inquietante preocupación respecto a cuál debiera ser el grado y modalidades de compromiso que las democracias contemporáneas hayan de procurar, en términos de sensatez, para la deseable participación de sus ciudadanos en la gestión y corresponsabilidad de los asuntos públicos.

Algunos pasajes de Franscescutti, Rayco González y Meyrowitz se ocupan de advertir, entre los autores del libro, que el ensanchamiento de la transparencia administrativa y el mayor acceso a datos de interés o repercusión pública constituyen sin duda un logro y un motor imprescindible para una deseable democracia, con menos distancias entre las élites dirigentes y los ciudadanos interesados en asumir su responsabilidad cívica. En ese aspecto se alude al papel que están jugando ya las herramientas del periodismo de precisión y de datos en la adaptación de los objetivos clásicos del periodismo de investigación. Dicha innovación en las técnicas y estrategia periodísticas hace frente a la oscurecedora sobreabundancia de información y explota las grandes bases de datos electrónicas, mediante el procesamiento sistemático y criterios eficientes de análisis, para arrojar algún tipo de claridad en beneficio de los ciudadanos sin capacidad real para realizar sus propias pesquisas (Serra, p. 39 y ss.).

Pero esos avances arrastran también nuevos desajustes sociales, como es la instalación de un ambiente de sospecha y quiebra de la confianza; en una carrera sin fin, según la cual, el descubrimiento de ciertos secretos estimula la suposición de nuevos secretos aún más profundos.

De forma aún más perversa, la transparencia inmoderada puede desembocar en cierta forma de obscenidad sociopolítica, como indica Fabbri de la mano de Baudrillard (p. 91). Cuando la “tendencia a ponerlo todo en escena” desemboca en la irreflexividad de no saber “cuáles son los regímenes de secreto que pueden funcionar y cuál es su papel”, tanto en lo que se refiere a la esfera particular de cada persona como al funcionamiento general de la esfera pública. Cabe preguntarse en efecto si no resultaría obsceno y no paralizaría la resolución eficaz de múltiples asuntos que se obligara a la retransmisión por televisión de las deliberaciones del consejo de ministros o de cualquier gabinete técnico ministerial. Cuestión no muy alejada del criterio de quienes reclaman que la nueva ley de transparencia en España debiera alcanzar también a cualquier documento interno que forme parte de un proceso de deliberación o tramitación administrativa.

El propio Fabbri comenta el papel del diplomático como delegado que ha de inventar soluciones en función de lo que ocurre, que quizá no son del todo satisfactorias, pero que difícilmente podría cumplir esa función de representante legítimo de otros –como también ocurre con los poderes legislativo y ejecutivo democráticos-, si no pudiera disponer de ninguna capacidad de discreción mientras interpreta de modo personal las preguntas y los intereses que están en juego.

La funcionalidad cívica del secreto y su necesidad parcial en la trastienda -también del poder democrático-, constituye un aspecto crucial para el análisis de los poderes ejecutivo y legislativo contemporáneos, si bien está dimensión no llega a ser tratada de manera explícita en el libro que nos ocupa.

La percepción tradicional de la democracia representativa como sistema de negociación delegada y su desvirtuación ante el empuje de fórmulas de transparencia más radical y apariencia más democrática fue abordada, sin embargo, hace ya casi dos décadas por académicos de la ciencia política como Sam Kernell (1997) y Richard Anderson (1997). El primero de estos autores sostiene que desde los años ochenta del siglo XX comenzó a perder crédito el ejercicio habitual de la presidencia democrática entendida como mandato delegado con autonomía genérica –y derecho a la discreción-, para la ‘negociación permanente’. Tal estilo de representación se sometía, no obstante, al control posterior de las urnas y garantías procedimentales como la regulación de los lobbies. Pero dicha interpretación del papel del representante electo inició su declive ante un nuevo estilo presidencial, inaugurado en Estados Unidos por Ronald Reagan (aunque con antecedentes en Roosevelt, entre otros), calificado de “going to public”. Consiste éste en negar a los grupos intermedios de la sociedad civil la vieja capacidad de entrar en negociaciones discretas, para sustituirlas por la apelación popular directa del líder a las masas. De forma que, en lugar de someterse al arduo proceso de contraprestaciones con grupos sindicales, empresariales o de asociaciones diversas para concluir una reforma legislativa, el presidente habla directamente con el pueblo, le explica sus objetivos y propuestas –presentadas bajo el prisma de su conveniencia-, se inviste de legitimidad popular frente a ‘los grupos de presión’ o los ‘poderes fácticos’ (siempre enmarcados en la aureola de una oscuridad siniestra) y acaba imponiendo sus políticas, sin negociación posible. Bajo la imagen de transparencia continua y diálogo directo entre el líder popular y el pueblo que cotidianamente le refrenda se difumina la evidencia de que las cuestiones más decisivas sólo se negocien dentro de la mente hermética del dirigente o con su pequeño círculo de poder. Se opera así el salto del ‘pluralismo institucional’ al ‘pluralismo individualista’, en palabras de Anderson, que a su vez desemboca con facilidad –según mi propia perspectiva-, en el unilateralismo populista.

Las nuevas tecnologías de la visibilidad y la sobre exposición de lo privado

De regreso al entorno social que estimula y rodea la construcción de una nueva mentalidad y experiencia práctica sobre la transparencia, resulta de especial interés, en mi opinión, el ensayo de Joshua Meyrowitz, penúltimo del libro, sobre las nuevas tecnologías de la visibilidad, que, según el autor del ya clásico No sense of Place, sustituyen los viejos desajustes de la miopía ciudadana por disfunciones emergentes de hipermetropía individual y colectiva.

Desde el decisivo peldaño que supuso la televisión hacia la experiencia visual sin distancias, los nuevos dispositivos de ‘auto-vigilancia’ (GPS para el tráfico, ‘teléfonos inteligentes’ que rastrean y permiten ser rastreados de forma permanente, etiquetado de productos con códigos de radiofrecuencia, identificación y proyección multipropósito de los análisis del ADN y un largo etcétera), nos sitúan ante un panóptico mucho más absoluto e inquietante del que imaginara Bentham para las cárceles dieciochescas.

Es indudable que todas esas tecnologías de vanguardia –y la mentalidad de reforma institucional y hasta de hábitos personales que les acompaña-, ayudan a superar muchas de las barreras impuestas por la opacidad a lo largo de siglos. Pero al mismo tiempo, el agobio por la comunicación instantánea y la disolución de los límites en los espacios públicos y privados instaura nuevos trastornos como la superficialidad e insipidez en muchas de las interacciones personales contemporáneas. La mismas formas de transparencia que en ciertos contextos se consideran muy benéficas, en otros pueden ser consideradas terroríficas, siendo lo más irónico para Meyrowitz (p. 184) que “muchas grandes compañías han mantenido su hermetismo sobre el modo en que utilizan las tecnologías de la transparencia” y que “en torno a las tecnologías de la transparencia se esté librando un intenso combate relacionado con el secreto y el control”.

La deseable transparencia democrática requiere en último término una reflexión mucho más clarificadora e iluminada desde múltiples ángulos, para no compactarse en un opaco fetiche, refractario a la inteligencia. Y esa es la principal aportación de Secretos en Red.

José Luis Dader

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