Francisco_de_Goya_y_Lucientes_-_Duelo_a_garrotazos

El sainete de la campaña electoral española de diciembre de 2015 ha llegado a su máximo surrealismo durante la noche del esperado cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Un debate que para empezar, se celebraba entre dos mientras toda la audiencia política observaba y analizaba la confrontación de cuatro contendientes.

Los titulares que lo contemplado le sugieren a este comentarista son los siguientes:

• El debate fue una riña entre un trilero de feria y un abuelo indignado
• Las encuestas sobre los debates no miden la victoria del encuentro sino la distribución electoral del momento
• El bronco Iglesias, autosacralizado como modelo de la buena educación
Albert Rivera, un magnífico velocista empeñado en atarse la piernas a la puerta del vestuario antes de salir a la cancha
• Las televisiones españolas no son un modelo de imparcialidad pero sólo Pablo Iglesias tiene dentro de una de ellas a todo su comité de campaña

La estrategia del trilero Sánchez

No fue Pedro Sánchez quien intervenía en realidad, sino los viejos asesores de Rodríguez Zapatero con su mismo repertorio de trucos evidentes: Interrumpir y tapar la voz del oponente cada vez que éste comenzaba un argumento que le perjudicara, utilizar los gestos de negación para producir descalificación visual contra otras evidencias molestas, sacar a relucir alguna cartita de algún caso emotivo para quebrar la contundencia de unas estadísticas incómodas para sus intereses (éste último fui capaz de anticiparlo con un minuto de antelación). Todos esos recursos ya pasaron ante los espectadores españoles hace muchos años y el moderador y los comentaristas expertos debieran haberlo hecho notar.

Pero además de eso, Pedro Sánchez hizo gala de una locuacidad supersónica aunque a veces incoherente, destinada a romper la capacidad reflexiva de Mariano Rajoy, aprovechando así la diferencia de agilidad mental que hay entre una persona de 43 años y otra de 60 con síntomas ya de esclerosis dialéctica. Este recurso espectáculo-televisivo puede que tenga una justificación por el afán de desorientar a su oponente, pero debiera hacernos recordar una amarga reflexión que sobre el futuro de la política democrática hacía Daniel Boorstin en los primeros pasos de la era de la televisión, muy poco después de la irrupción estelar de los primeros Grandes Debates:

“Si elegimos candidatos presidenciales por su talento en concursos de televisión elegiremos, sin duda, presidentes capacitados exactamente con esas cualidades”. A lo que este mismo historiador e intelectual estadounidense añadía: Si se aplica la lógica del espectáculo televisivo a la elección de presidentes acabaremos obligados a elegir entre una serie de atletas con gran capacidad para divertir a las masas, una categoría bien reducida de gente (“The Image”, 1961).

Poco más fue lo que aportó Pedro Sánchez ya que, en el aspecto propositivo desgranó una salmodia de frases aprendidas de supuesto tirón buenista pero sin ninguna explicación de su bondad ni el menor contenido concreto (derogar la reforma laboral, la mejor garantía para unir lo desunido, la nueva constitución federal, etc.). En definitiva, al candidato-marioneta se le veían por todas partes los hilos de sus entrenadores por encima de su aspecto elegante.

Suele decirse que “dos no riñen si uno no quiere” pero Mariano Rajoy no supo evitarlo y falló en primer lugar por incapacidad para denunciar los trucos empleados por su adversario, al que podía haber puesto fácilmente en ridículo con sólo recordar que esas tretas ya eran habituales en Zapatero. Tenía además que haber opuesto un ritmo sosegado y aplomado, en las antípodas de su contrincante, exactamente lo que hizo con bastante éxito Soraya Saenz de Santamaría en el anterior debate.

Falló Rajoy también al continuar todo el tiempo la iniciativa marcada por Sánchez e intentar seguirle de manera jadeante a los marcos de referencia impuestos por éste. En lugar de eso, el candidato del PP tenía que haber desplegado su propia agenda y con su propio ritmo, siendo de vez en cuando parsimoniosamente implacable con algunas de las falacias o abusos injuriosos del contrincante, pero muy selectivamente escogidas, para no perder demasiado tiempo con ellas.

Con independencia de todo lo anterior, Mariano Rajoy fue por lo menos capaz de transmitir en algunos momentos una imagen de indignación auténtica y justificada ante las agresiones sufridas, dejando también algunos datos bien contextualizados (aunque tampoco demasiados) sobre las aportaciones y los proyectos de mejora ordenada de su gobierno. Pero aún así desperdició argumentativamente ocasiones de oro para desmontar falacias de su acosante crítico. Como cuando en el rifirrafe de si España había sufrido o no ‘rescate’, le faltó la claridad de distinguir entre el rescate de 40.000 millones de euros del sistema financiero, frente al evitado rescate de la economía española por valor de 800.000 millones y sus múltiples consecuencias sociales derivadas al estilo griego o portugués.

La medición de ‘quién ganó el debate’

En este duelo como en cualquier otro de las confrontaciones estelares entre candidatos a la presidencia de un gobierno, el público, los comentaristas y organizaciones políticas implicadas corren a responder y responderse la pregunta crucial de ¿quién ganó, después de todo?

A falta de mejor instrumento de medición, todo el mundo echa mano de las encuestas. Pero incluso las más rigurosas sólo pueden medir en estos casos algo que en realidad es ajeno a lo que se pregunta: Según la encuesta de Atresmedia, realizada a los pocos minutos, y haciendo abstracción del considerable margen de error para las 800 entrevistas realizadas, el 28,8% dijo que Rajoy (con equivalencia casi milimétrica a la intención de voto observada días antes para el PP),  34,5% declaró que ninguno de los dos (lo que a su vez coincide con similar exactitud con la suma de intención de voto entre ‘Ciudadanos’ y ‘Podemos’) y finalmente el 33,7 se decantó para Pedro Sánchez , quien si bien alcanzaba en los pronósticos previos entre un 23-24 por ciento de respaldo, se le pueden sumar las intenciones de apoyo a PNV, ERC y otros periféricos y volvemos a tener un correlato casi simétrico. Es decir, no se logra medir la posible victoria del encuentro, sino tan sólo la distribución aproximada del mapa electoral del momento.

Sería oportuno, por consiguiente, empezar a pensar en jurados de expertos con cartulinas de puntuación, como los jueces de los deportes de exhibición, procedimiento mucho más acorde con la naturaleza del espectáculo al que imitan estas confrontaciones.

El caso de Monseñor Pablo Iglesias, abate de la buena educación

Pero como decía al principio, se trataba de un debate insólito en el que los dos protagonistas del escenario se enfrentaban al mismo tiempo a otros dos candidatos en la sombra, a quienes en realidad iban dirigidas muchas de sus poses. Los dos ausentes parecían en inferioridad por la privación de su presencia, mientras que una televisión les brindaba el poder estar agazapados en otro espacio catódico desde el que poder transferir a los primeros protagonistas la categoría de fanstasmas trasnochados y “en blanco y negro”.

Desde esa otra tribuna, en el canal “La Sexta”, el aspirante Pablo Iglesias exhibió su más asombrosa maestría en el arte del cinismo, al permitirse la osadía de declarar que “nadie ha sido tan duro con la corrupción del PP como nosotros sin necesidad de insultar a nadie”. Y lo decía quien ha sido capaz de llamar fascistas y caraduras a simpatizantes de ciudadanos (La Sexta Noche, 2013), “tonto y subnormal” a Miguel Carmona del PSOE (abril de 2014, recuperado por “Más Madrid” de Telemadrid, el 29-mayo, 2015), “cenizos, tristones aburridos y amargados” a los dirigentes de IU (mayo de 2015), “corrupta, ladrona y gentuza” a Esperanza Aguirre (mayo de 2015: cfr. Libertad Digital), entre otros delicados recados. Dado que ningún periodista ni adversario se atrevió a refrescarle la memoria, se permitió aparecer como el paladín de la mesura pidiendo buenos modales a todo el mundo y solicitando melifluo y compungido que nunca más haya debates en los que los protagonistas sean gente tan poco digna.

El caso del clarividente explorador sin brújula ni linterna

El cuarto protagonista de la velada hacía su particular aportación al gazpacho comunicativo mediante extrañas connivencias generacionales ante su opositor más radical simultaneizadas, en cambio, con repudios irreductibles de sus más próximos ideológicos.

Albert Rivera, candidato de ‘Ciudadanos’, que es a quien ahora me refiero, irrumpió ante la sociedad española como el explorador entusiasta y esforzado que anuncia a su entristecida y depauperada comunidad un nuevo territorio de horizontes abiertos y manantiales de agua fresca y felicidad no muy distantes del lugar actual; a los que cabrá llegar si se sigue la senda que él propone y dice haber descubierto. Pero que una vez que pone en camino a los colonos que se han atrevido a seguirle, decide romper la brújula y la linterna que llevaba y presume de guiar a partir de ese momento con los ojos vendados, las orejas y la nariz tapadas, para que su arribada al paraíso se produzca como un milagro: Esa es esencia su jeroglífica negativa a posibles pactos postelectorales.

El principio esencial de su política se hace añicos, además, al confrontarse con su declarada estrategia: Alguien que pretende ser el referente de las posiciones centradas, moderadas, flexibles y constructivas, resulta ahora que se niega a cualquier tipo de pactos que no consistan en hacerle a él presidente con libertad absoluta para imponer sus únicas recetas. Para una política a la italiana, que es la que va a exigir el nuevo mapa electoral español, se necesitan políticos con la complejidad y sofisticación de los italianos. Y resultarán inservibles los clásicos mesías encastillados del esencialismo español.

Pero al tiempo que el líder de C’s exhibe la intransigencia ante los pactos con ‘los partidos viejos’ es capaz de un beatífico samaritanismo ante Pablo Iglesias, a punto casi de calificarlo de ‘alma gemela’ y directamente de ‘libre de cargas’ frente a la corrupción o malos modos de la vieja política en la tertulia post-debate mantenida en La Sexta. Era capaz de decir eso delante de su respetado adversario el mismo día en que las huestes de Ana Colau habían acosado las sedes de ‘Ciudadanos’ en Barcelona y Hospitalet de Llobregat llamándoles “nazis” (ABC, 14-Diciembre),  al tiempo que unos días antes su candidata Marta Rivera contemplaba impertérrita a Iñigo Errejón pontificando sin asomo de vergüenza sobre la necesaria erradicación de la corrupción; él, que ha sido propuesto para inhabilitación por la Universidad de Málaga por su peculiar forma de cumplir un contrato de investigación (El País, 6 marzo, 2015).

Una cadena, la Sexta, entusiasmada ante su candidato

Finalmente, confirmaba su protagonismo en esta peculiar campaña una cadena de televisión que limitándonos al presente inmediato, y haciendo abstracción de su conversión en habitual sala de estar de los chicos de ‘Podemos’, organizó antes y después del debate entre Rajoy y Sánchez una pasarela de otros líderes en la que Pablo Iglesias disfrutó del tiempo preferente en los comentarios previos y tras el debate recibió la media hora privilegiada posterior, condenando después a la franja de los hipernoctámbulos a Rivera primero, y a Alberto Garzón y Andrés Herzog más tarde aún.

Esa desproporción incuestionable, unida a la sobreabundacia de comentaristas favorables y preguntas del presentador más sugerentes de estrategias adecuadas para el grupo de Iglesias que de análisis independientes, me llevan a sostener el último de mis titulares: Que sin que haya sido hasta ahora España un modelo de televisiones asépticamente imparciales en las batallas electorales, parece que en la actualidad sólo el grupo de Iglesias concurre con un canal de los de primer nivel de audiencia bajo el brazo.

La comunicación política electoral de nuestros días discurre a menudo por los cauces de la mínima densidad argumentativa y el máximo emotivismo de los espectáculos frívolos y efímeros. Pero toda esa simplicidad reflexiva se desarrolla en cambio en un escenario de la máxima complejidad y superposición de factores (queda para otra ocasión los aspectos cibernéticos y el papel jugado por las redes sociales). Por todo ello ‘la noche del debate de los dos desdoblados en cuatro’ constituye una buena ilustración de esa complejidad de lo simplista que se traduce en este caso en un cruce de extraños despropósitos.

 

José Luis Dader

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