Pablo Iglesias Mitin

Fotografía publicada en El Estrella Digital. 4-11-2014

El Principado de Podemos constituye la segunda sentimentalización extrema que padece la democracia española en menos de una década (la primera fue el llamado Efecto ZP). Pero mientras la primera se limitaba a la versión frívola y de populismo buenista, propia de una época desahogadamente consumista y despreocupada hacia la política –no por ello menos nociva para el realismo socioeconómico-, la nueva patología viene acompañada de una planificación descaradamente consciente de su retórica demagógica, al servicio del proyecto de una élite que se siente revolucionaria (aunque por conveniencias prácticas quizá, al final, sólo lo fuera en parte). Mientras el anterior ilusionismo se condensaba en la afectividad del “talante”, la nueva ‘marea’ se embellece de indignación legítima para encubrir otro tipo de talante totalitario y antidemocrático.

El progresivo encauzamiento de la comunicación política al territorio de los sueños (Guillermo Bertoldi, 2009), alentado por el espectáculo creciente que despliegan los vendedores de imágenes y constructores de mitologías de prêt-à-porter político, ha desembocado en el imperio de las emociones como criterio clave para cualquier enjuiciamiento y elección en los asuntos políticos. El “efecto del afecto” (Neuman, Marcus et al, 2007) y la “política pop” que mimetiza a los actores políticos con las estrellas del exhibicionismo mediático (Mazzoleni y Sfardini, 2009), han copado el centro de cualquier proyecto político con vocación mayoritaria. El “political hype” o despliegue de las fanfarrias con su lógica publicitaria (Louw, 2005) anula o minimiza las otras dimensiones imprescindibles de toda política: la de los valores y puesta en práctica de medidas y la de la gestión concreta de los recursos disponibles. La “sensiocracia” (Perniola, 2004) es en realidad el nuevo sustrato inadvertido por el que se rige ahora el rendimiento de cuentas y la comparación entre propuestas, que supuestamente definen la supremacía ética y pragmática de la democracia liberal sobre otras formas de gobierno. Se impone un nuevo régimen de percepción y decisión política al que cabe calificar de “Democracia Sentimental” (como sugiere Markus, 2002).

En ese contexto, el auge de Podemos, con su coronación televisiva de un nuevo príncipe, dualmente iracundo y salvífico, se explica como la respuesta más satisfactoria para unas masas que sufren el golpeo de una crisis demasiado lenta en sus rectificaciones y que, sensitivamente habituadas a la celeridad de lo efímero, sueñan con un ‘happy end holliwoodense’ de inmediato advenimiento, de la mano de un prestidigitador de frescas metáforas y propuestas tan globales como simples.

El aprovechamiento de la sentimentalización política:

La creciente sentimentalización que impregna la política contemporánea se nutre de los dispositivos afectivos calificados de ‘inteligencia emocional’, del auge del ‘infoentretenimiento’ mediático y de la prioridad de las emociones de reacción automática sobre el análisis ponderado de las consecuencias. Todo ello, en el actual momento de crisis económica, política, institucional y social de la vida española, era un caldo abonado para el grupo que mejor supiera estructurar una retórica acorde con esa sensibilidad y que se condensara en un icono personal y simbólico con suficiente potencia de choque apelativo frente al resto. Pero entendiendo que, si bien es un equipo en torno a un personaje atractivo quienes articulan el señuelo, es una amplia porción de la población la que comparte un clima de opinión sólo pendiente de encontrar al líder y la máquina que puedan servirle de reflejo.

El personaje aglutinador –y la vanguardia movilizadora que le nutre y acompaña-, son quienes dan forma expresiva y orgánica al ‘holograma simbólico’ que la sociedad visualiza, pero el éxito carismático de ese líder no se produciría si su discurso no fuera el espejo en el que se reconocen sus seguidores. Por ello dice Murray Edelman (1988) que no hay carisma sin un sustrato de coincidencia previa entre un público y quien lo enardece; y no hay innovación sino seguimiento por parte del líder. Por ello, el líder conservará sus seguidores mientras no se aparte de las creencias y los sentimientos de quienes le apoyan, en un ejercicio de continuada retroalimentación especular. En ese sentido, lo más inquietante para una discusión más racional y constructiva de los asuntos públicos, no es el líder coyuntural que desencadena opciones ultrapasionales e irreflexivas, sino la evidencia de que amplios sectores de población se sienten felices por secundarle.

Aun así, el líder y su equipo, como detonantes, son los artificieros de la pirotecnia discursiva y simbólica. Y son aquellos más avezados, por instinto natural o perspicaz aprendizaje, los que moverán las tuercas adecuadas de la sentimentalidad política más rentable. Tal y como indican expertos como George Lakoff (2004), Drew Western (2007) o Victoria Camps (2011), la forma más efectiva de apelar al circuito emocional en el discurso político consiste en desintelectualizar los mensajes, reducirlos a propuestas sencillas pero cargadas de verosimilitud moral que ofrezcan horizontes a los que la suma más heterogénea posible de personas sienta el deseo de apuntarse sin tener que reparar en matices complejos o incómodas contradicciones. Como también declara Western (p. 125), “la gente vota por el candidato que estimula los sentimientos correctos, no por el que presenta los mejores argumentos”.

De igual modo lo veía Richard Wirthlin, el principal artífice, quizá, de los éxitos electorales de Ronald Reagan, para quien lo importante no era el farragoso despliegue de propuestas políticas, sino la expresión diáfana de unos valores que la gente considerara ‘auténticos’ y deseables de asumir. Este mismo estratega acuñó que la clave del éxito en la comunicación política contemporánea estaría en “persuadir por la razón, motivar por la emoción”.

Sintítulo

Conferencia de Richard Wirhtlin en Madrid, editada por la UCM, 1995.

Y así lo aplicó de manera sistemática a los vídeo-anuncios que preparó para las campañas de Reagan de 1980 y 1984. De forma similar lo ha expresado más recientemente Victoria Camps (2011):

“La razón estricta y fría es ineficaz y carece de magnetismo para atraer a las personas” (p. 180), por lo que “si las ideas y las razones no aciertan a morder con eficacia en los problemas que nos angustian, los afectos pueden enturbiar la mente” (p. 187).

Las claves retórico-emocionales del Principado de Podemos:

Bajo esos presupuestos, el primer logro retórico-emocional del movimiento Podemos ha consistido en alumbrar un príncipe, destinado a personalizar la abstracta proposición de un imaginario colectivo ilusionante. Ha de tratarse de una figura de carne y hueso que parezca encarnar con la máxima naturalidad la combinación de indignación y paraíso asequible con la que entremezcladas capas de la población española se identifican ahora.

Y lo curioso es, en mi opinión, para sobresalto quizá de mentes ideológicamente ortodoxas, que el personaje al que mejor se asimila el príncipe de Podemos, en sus mecanismos de impacto emotivo, es el antes citado Ronald Reagan. Así me han hecho verlo las reflexiones de Enrique Llorens y Jaume Moreno (2014) sobre aquel presidente estadounidense, quienes comienzan por establecer que

“cuando el discurso, las intenciones y las actuaciones individuales se encuentran alineadas y poseen un elevado nivel de coherencia, los ciudadanos suelen apreciarlo positivamente, a pesar de que los valores presentes en dicho discurso sean contrarios a sus intereses”.

Esa dinámica, siguen recordando los autores de “Con ases en la manga. Recetas de magia para comunicar”, es la que se activó con la entrada de Reagan en el escenario político, respecto a la que el citado asesor Wirthlin,

“advirtió con no poca sorpresa que una parte importante de los electores que se manifestaban dispuestos a votarle no compartían en absoluto sus ideas. Al contrario, muchos las consideraban perniciosas para sus intereses […] Sencillamente la gente quería votar a Reagan porque no hablaba de aquello que iba a realizar en cuestiones puntuales, sino que se refería a valores […] Era y es más efectivo comunicar valores que comunicar propuestas específicas, y no porque los electores los compartiesen, sino por la capacidad de trasladar mediante la sinceridad y la integridad con que las defendía, sus actuaciones y su visión del mundo.”

Un mecanismo muy parecido es el que se advierte en muchos ciudadanos españoles actuales cuando manifiestan su simpatía y predisposición favorable hacia Podemos y su líder Pablo Iglesias, a pesar incluso de que pertenezcan a capas sociales objetivamente perjudicables en caso de que el Príncipe de Podemos llegara a aplicar las recetas radicales de su programa (propietarios de segundas viviendas, inversores de fondos financieros, profesionales y emprendedores con rentas superiores a la media, etc.). Está no obstante por ver, si la imagen de coherente sinceridad e integridad construida en poco más de un año en torno a Pablo Iglesias se resquebraja o no a partir de las revelaciones de pícaras irregularidades que le han venido salpicando a él y a su equipo en las últimas semanas. Pero cuando la identificación emocional con el fetiche está ya muy consolidada puede resultar difícil que incluso las más inapelables evidencias superen la defensiva costra mental acumulada.

Pablo Iglesias ha conseguido encarnar esa improbable simbiosis entre imaginario social, representación icónica, discurso proyectivo y palabras cotidianas, logrando satisfacer las dos grandes condiciones del éxito en el marketing electoral que destaca Philippe Maarek (1995 y eds. sucesivas) entre otros: coherencia y diferencia. Todo lo que emana o sucede en torno al candidato parece compacto y lógico (hasta las acusaciones de irregularidades son de momento integradas bajo la clave victimista de persecución insidiosa por el Sistema), y la propuesta de Podemos se percibe como original e inconfundible con las del resto del mercado electoral presente.

Claves del éxito escénico del Principado de Podemos:

Dicha construcción simbólica se apoya a su vez en un variado repertorio de componentes de gran apelatividad psicocognitiva:

• Una apariencia ‘radical’ y radicalmente distinta, frente a la sensación de continuidad rutinaria de la mayoría de las restantes fuerzas políticas.

• Una refrescante novedad en las formas dialécticas, gestuales e iconográficas que a simple vista suscitan la curiosidad y el asombro popular (clave de todo buen espectáculo).

Este segundo aspecto se desglosa a su vez en las siguientes propiedades o características:

Cambio generacional abrupto de líderes (el único ‘antiguo’, el ex fiscal Jiménez Villarejo, rápidamente desaparecido del escenario; algún dirigente más añoso, como el secretario municipal del partido en Madrid, Jesús Montero, de 51 años, sin demasiada visualidad por el momento y en todo caso recuperado para el proyecto innovador tras unas largas ‘vacaciones’ de desintoxicación de la vieja política).

• Creación y práctica de un estudiado y repetitivo neolenguaje, fácil de recordar, apoyado en una textualidad previa favorable y más interclasista o menos contaminado ideológicamente que sus precedentes: “podemos” (que sucede a “indignaos”), “la casta” (que sucede a “los ricos”), “la mafia” y los “golfos” (sustituyendo a “la oligarquía capitalista” o “la burguesía”). Dentro del mismo se aprecia además un permanente esfuerzo por la generación de metáforas inmaculadas, en el sentido de que no se hayan escuchado antes en el discurso político español: “el PP y el PSOE están osificados”, “puertas giratorias”, “gobierno decente”, etc.

• Apropiación de fraseología emanada del habla popular del momento, para su reciclado político (como, “iremos avanzando partido a partido”), con imitación incluso, sin rubor, de expresiones de marcado tinte religioso y mesiánico pero muy arraigadas en el inconsciente colectivo de un país de cultura católica (“No he venido a Cataluña a prometer nada a nadie”, de evocadora mímesis con “No he venido a la tierra a sembrar paz, sino espada”, de Mateo, 10:34).

• Una iconicidad novedosamente sincrética del líder, con el punto de ‘disonancia cognoscitiva’ audaz, pero sin pasarse, que permita generar curiosidad o intriga sin llegar al rechazo: coleta con corbata (descuidada); modernez ‘cool’ con tradición (camisa blanca retrovanguardista, que remite al tiempo al guerracivilismo del 36 y a la tecnocity europea); fragilidad física con ambición robusta y desmesurada (algún analista ha percibido la simbología de David contra Goliath y él mismo se autoprofetiza como imparable Presidente de Gobierno).

• Una marcada agresividad verbal unida a una frialdad temperamental muy controlada, que no duda en aplicar sonrisas y coqueteos humorísticos mientras descalifica sin reparos (“¿puedo hacerte una pregunta …Es pequeñita, una solo…No sé si es verdad que te llamaban Don Pantuflo”). En situaciones como ésa demuestra su conocimiento del viejo axioma de Marshal McLuhan de que la televisión es un medio “frío”, en el que resultan más eficaces las afirmaciones calmadas, todo lo duras que se quiera, que las gesticulaciones y griteríos desaforados. Técnica que también emplea a través de las redes sociales, como cuando intentaba provocar a la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, invitándola a su casa “a ver una película de un cineasta de culto”, “que si te invito a tomar palomitas” (Enrique Rioboo, 2014, p. 32).

• Capacidad para convertir los defectos en virtudes, en buena medida como consecuencia del ‘estado de gracia’ conferido por las cualidades anteriores: La inarticulación argumentativa y de conocimientos es exhibida entonces como frescura positiva. La ausencia de argumentos se suple con descaro, como en algunas comparecencias televisivas de otros miembros de la cúpula de Podemos, que ante su manifiesta inexperiencia e incompetencia en cuestiones económicas o jurídico-administrativas recurren al ardoroso voluntarismo de su supuesta superioridad moral y su sentimiento de solidaridad con quienes padecen la crisis (lo que valida de forma automática cualquier atropello o imposible metafísico).

• La sobre explotación del personalismo del líder (favorecido por la ola mediática) hasta convertirlo en gadget y fetiche comercial (camisetas cheguevarianas, etc.), que invitan al uso ‘fashion’ incluso por quienes viven al margen de las preocupaciones políticas.

Camiseta Pablo Iglesias

• El manejo de la ambigüedad como prudente dosificación de la radicalidad real de su proyecto: Desde la difuminación de sus propuestas más antisistema, al esfuerzo de ocultamiento de sus declaraciones antiguas más violentas a, por supuesto, el silencio más espeso sobre cualquier intento de análisis de las consecuencias de sus recetas económicas e institucionales.

La inspiración político-estratégica del Principado de Podemos:

Todo lo descrito hasta aquí podría responder simplemente al buen manejo de las consignas de los manuales al uso del marketing político. Pero lo que aglutina y confiere una potencia de mucho mayor recorrido al proyecto de principado construido por ‘Podemos’ es el seguimiento, éste sí de verdadero manual, del modelo estratégico trazado por uno de los teóricos más sistemáticos del populismo totalizador y de vocación ‘revolucionaria’ para el conjunto de América Latina y de cuantos otros ‘pueblos’ quieran sumarse.

Me refiero a Ernesto Laclau y su obra “La razón populista” (2005), libro y autor que, según me revela un colega de la Universidad Complutense, constituyen la referencia de cabecera de algunos de los miembros de la cúpula ideológica de ‘Podemos’. Este profesor argentino de la británica Universidad de Essex, recientemente fallecido, no en vano ha sido el principal alentador ideológico –auténtico intelectual orgánico en el sentido gramsciano-, del régimen construido por el matrimonio Kirchner en su país de origen.

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Ernesto Laclau. Conferencia en la Fac. de C. Sociales de la Universidad de Buenos Aires. 2010.

Dicho teórico de la ciencia política no tenía empacho en declarar que Cristina Kirchner debiera evitar a toda costa su renuncia a un nuevo mandato presidencial, ya que la permanencia caudillista de su figura resultaría vital para la consolidación de un modelo que abomina de las alternancias de poder características de las democracias liberales. Y como señala un analista de su trayectoria (Fabián Bosoer, 2013), Laclau aunaba una dualidad teórico práctica que se repite ahora en Pablo Iglesias y otros miembros de la cúpula dirigente de ‘Podemos’:

[Laclau] “puede moverse como pez en el agua en uno y otro campo, discutiendo con los más sofisticados académicos europeos y norteamericanos o exponiendo sus ideas a militantes barriales de La Cámpora y otras agrupaciones kirchneristas.”

La primera aportación de “La razón populista” cosiste en lavar la mala imagen del término y reivindicar de forma decidida la práctica del populismo, como método para alcanzar el poder por quienes se supone que representan los intereses de la mayoría popular, caracterizada por su secular exclusión de la participación real en los asuntos públicos. Mientras la visión convencional asocia el populismo con prácticas irreflexivas, demagógicas y coyunturales, que los actores políticos guiados por una ética democrática debieran evitar, Laclau considera –como advierte Hernán Marturet (2014)-, que “el populismo no es un fenómeno político transitorio, sino un fenómeno siempre presente de estructuración de la vida política.” Pero esa misma presencia natural y sistemática puede y deber ser aprovechada a favor de las capas más humildes de la población, ya que, mediante el populismo, entendido como una forma de intervención política necesaria, se pueden reducir las complejidades que los sectores poco ilustrados o menos comprometidos en la actividad política no comprenden, y constituir la unidad del grupo. Se trata de aplicar lo que Laclau denomina, la “práctica articulatoria populista”.

En la visión del citado autor, la dificultad para construir esa unidad reside en que las diversas demandas e intereses suelen permanecen dispersos en el espacio social, posibilitando con ello el fragmentado y competitivo mercado electoral de diferentes partidos. Pero si se aspira a que las capas populares se unifiquen, superando la exclusión efectiva a la que les condena la mera elección individualizada entre las propuestas partidarias diseñadas por los partidos clásicos, deberán ‘condensar’ en un solo denominador común las diversas aspiraciones particulares (Marturet, 2014). Se construiría así una ‘identidad popular’, aplicando sin complejos los resortes del populismo, capaz de competir con –y vencer a-, los partidos clásicos de corte elitista y antipopular.

Para lograr dicho objetivo, el ideólogo argentino considera vital la adjudicación de “nombres” a los diferentes aspectos o fenómenos que se desea que ‘el pueblo’ reconozca e identifique de una manera diferente, ya que ‘el nombre’ “genera una atracción sobre cualquier demanda vivida como insatisfecha” (Marturet, 2014). Y como fundamento orientativo de esta acción, Laclau propone su segundo gran hallazgo conceptual: la identificación y ocupación de ‘significantes vacíos’.

En la definición técnica del concepto expresada por el propio Laclau, un significante vacío es “un significante que se va ligar a un cierto significado a través de un lazo contingente.” Explicado de manera más diáfana para públicos generales, el significante vacío se refiere a cualquiera de esas grandes nociones que una sociedad comparte como referentes positivos y deseables, pero que habitualmente carecen de concreción: Palabras como ‘orden’, ‘seguridad’, ‘justicia’, etc. ilustrarían el concepto, por apelar a aspiraciones que la mayoría comparte en abstracto aunque cada ciudadano carezca de concreción para ellos y menos aún comparta una misma forma de lograrlas. Si todo el mundo aspira al orden, la seguridad o la justicia, la clave está en dotar esas nociones difusas con ‘un cierto significado’, un significado concreto que lo encarne, que la mayoría identifique de inmediato; para lo que se necesita ese ‘lazo contigente’, es decir una representación actual y con automática claridad que la mayoría –o una gran proporción del pueblo unificado-, visualice y comparta.

La necesidad de dotar de significado a ‘significantes vacíos’ se hace especialmente apremiante en épocas de crisis y desorientación y en tales circunstancias el éxito será para el grupo más perspicaz a la hora de producir la conexión entre el deseo abstracto y la articulación concreta de unos símbolos de potente significado. El propio Laclau (2001, conferencia en La Plata) explicaba este proceso mediante el ejemplo de lo sucedido en la Italia de los años veinte:

“A comienzos de los años ’20, en Italia, especialmente después del ascenso del fascismo al poder, se decía usualmente: los fascistas han tenido éxito por llevar a cabo la revolución en la que los comunistas fracasaron […] el estado, italiano, estaba en un proceso de desintegración, que todas las formas políticas que se habían creado, durante el rissorgimento, no funcionaban más. Y se necesita una radical refundación del sistema político italiano […] cuando una sociedad está amenazada por un desorden radical lo que se necesita es algún orden. El tipo particular de orden que va a encarnar esa necesidad, de orden general, es algo que pasa a ser una materia secundaria. […] la aceptabilidad iba a ser obtenida por aquellos que estuvieran más en condiciones de hacerse cargo de esa función. Es por eso que revolución pasa a ser, en los términos que trataré de definir después, un significante vacío.”

Otro ejemplo más reciente, extraído del mismo texto de Laclau, es el de las elecciones británicas de 1992:

“En el Reino Unido se decía que las elecciones iban a definir quién era más capaz, Los Tories o Los laboristas de obtener la unidad del pueblo inglés. Ahora, de nuevo, esta unidad, de los Tories y la de los Laboristas iba a ser muy distinta, pero para un pueblo que se sentía fundamentalmente desunido, la idea de unidad pesaba, como la de orden en el otro ejemplo, como un valor vacío que podía ser llenado de distintas maneras […] Un cierto contenido asume, en ciertos momentos, la función de soldar, de cristalizar todo un conjunto discursivo.”

A la vista de estas directrices se comprende mucho mejor cuál es la estrategia de fondo que está desarrollando el Principado de Podemos, aclarando de paso una de las razones de su ambivalencia respecto a si son un movimiento de izquierdas o -al mismo tiempo-, un movimiento transversal y transideológico que supera las viejas clasificaciones. El significante vacío que ocupa y concreta Podemos es ‘la democracia participativa de todos los ciudadanos’ (frente al régimen excluyente, corrupto y elitista de los partidos tradicionales). Y ocupa ese vacío mediante un nuevo nombre que le dota de significado actualizado: NOSOTROS-LOS DE ABAJO (LOS QUE A PARTIR DE AHORA PODEMOS). El cual cuenta también con su significante antagonista igualmente concretado y atractivo: ELLOS-LOS PODEROSOS (LA CASTA Y LOS GOLFOS).

En esa operación lingüística, el Principado de Podemos aprovecha para cambiar el eje ideológico de las izquierdas y las derechas por el más aglutinante y actualmente más receptivo de ‘los de abajo’ frente a ‘los de arriba’, ante el que sentirán menos recelos para identificarse cuantos pudieran considerar trasnochado o peligrosamente totalitario el antiguo antagonismo entre el proletariado revolucionario y la oligarquía capitalista o burguesa. Es de esta forma como una ‘vanguardia’ realmente formada y empapada de marxismo-leninismo, con un proyecto tentado por la vocación destructiva para el pluralismo político y la libertad de renovación del poder (como quedará más evidente en el siguiente epígrafe), ofrece un proyecto de izquierdas, más bien de ultra izquierda, como si en realidad no lo fuera. La invitación a la inclusión en el nosotros a cuantos deseen acabar con la corrupción y el elitismo de los de arriba, sirve para incorporar a un ejército electoral de nuevos revolucionarios leninistas que en realidad ignoran que lo sean.

Los neopopulistas izquierdistas apuntan en su horizonte último a la metodología y las políticas comunistas, pero al modular su discurso y centrarlo en valores de sentido común, difuminan sus posibles medidas totalitarias y tratan de evitar la crítica de sus consecuencias. A su vez, mediante la descalificación que Podemos realiza a la izquierda tradicional (por sus deficiencias estratégicas y discursivas), fabrica una coartada de supuesta superación y distanciamiento del izquierdismo. Los de abajo somos todos –o casi todos-, y ya no importa de qué referentes ideológicos provengamos. De esa manera grandes sectores de población, tras una larga época de frivolidad política y ausencia de debate ideológico, pueden entrar al servicio electoral y mediático de esa vanguardia revolucionaria sin reparar en el alcance final del proyecto. La acendrada dependencia de los gestos y las emociones priva de clarividencia a los nuevos simpatizantes y les hace acudir entusiastas hacia una meta de emancipación y libertad de la que ya la historia pasada y reciente ha dado nutridas pruebas de intolerancia, opresión y ruina.

El ideario político del Príncipe de Podemos:

Los propios trabajos académicos o de movilización política de los dirigentes de Podemos ofrecen reiteradas pruebas de su inspiración leninista (en su versión radical o en la coyunturalmente matizada adaptación de Gramsci). Pero si quedaran dudas del núcleo ideológico que el grupo intenta llevar a la práctica, bastará leer el libro publicado el pasado otoño por Pablo Iglesias con la exposición de su pensamiento político. En él expresa de manera meridiana una concepción intolerante, de confrontación desprovista de escrúpulos y de vocación totalitaria, que articula su visión de la política y de los métodos utilizables para participar en ella.

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Portada del libro de Pablo Iglesias pubicado en octubre de 2014

Los términos más recurrentes en sus menos de doscientas páginas son: disputa (en el propio título), lucha, duelo, batalla, fuerza, munición, ruptura, arrebatar, violencia como base de todo orden político, poder y ring de boxeo (el lugar natural de la práctica política). Por el contrario, apenas aparecen a lo largo de toda la obra, o tienen una presencia marginal: pacto, consenso, negociación, vigilancia, contrapeso, equilibrio, pluralismo, libertad individual, justicia, derecho, bienestar, progreso o solidaridad

No en balde, el primer autor que cita es Robespierre y su preferencia por la acción directa del ‘pueblo soberano’, postergando el empleo de delegados (representación) a “cuando [el pueblo] no puede obrar por sí mismo” (p. 13). A partir de ahí, Lenin, Maquiavelo y Gramsci son los autores más reiterados en sus argumentaciones, uniéndolos en alguna cita a otros autoritarios prácticos o teóricos como Richelieu, Bismark o Carl Schmidt. De cuyo conjunto llega a decir: “Si algo tienen en común tan dispares figuras es haber llamado a las cosas por su nombre” (p. 44). La “realpolitik” descarnadamente agresiva y sin tapujos a la que se refiere es a la idea de que “la política (o la guerra) es básicamente el arte del poder” (p. 44). Y a su vez, previamente ha aludido al “pesimismo de la inteligencia” como “la conciencia de que el poder nace de la boca de los fusiles” (p. 32). Idea que va tachonando con frases como “el poder es el poder” [y la cuestión clave es quién lo detenta] (p. 32), “cualquier orden político se constituye sobre la violencia” (p. 38), “las razones sin fuerza no son nada” (p, 42), o la siguiente convicción:

“Los debates políticos a los que con frecuencia asistimos tienden a desentenderse de su objeto, el poder, y a centrarse en una estúpida dicotomía entre el bien y el mal […] Lo que define tener poder político es la fuerza de imponer la propia voluntad” (p. 41).

En diversos momentos justifica su voluntad de alcanzar el poder por la necesidad de salvaguardar la democracia y conseguir que ésta sea más justa y esté más distribuida, “desapareciendo los privilegios de los menos” (p. 16). Pero la concepción de la democracia que propugna carece de cualquier alusión a la necesidad de referentes éticos vinculados a la libertad y la fraternidad (protegidas por las garantías del derecho), quedando la igualdad impuesta por una mayoría como único horizonte, al estilo de las conocidas ‘repúblicas socialistas democráticas’ o ‘democracias populares’. Su definición de democracia no puede ser más belicista y desnudamente hobbesiana: “la democracia es el movimiento dirigido a arrebatar el poder a quienes lo acaparan” (p. 13). Una vez logrado esto y que “los más tengan el poder” (p. 16), no hay ninguna apelación a la división o separación de poderes, a las garantías de la libertad de expresión y asociación, o a la protección constitucional de la renovación o revisión periódica del mandato popular.

Rechaza de manera genérica las concepciones más acordes con la tradición de la democracia liberal o representativa mediante la afirmación de que “los que acaparan el poder, sus intelectuales y su casta política insisten en decir que la democracia es solamente un procedimiento de selección entre élites” (p. 15). Pero silencia, consciente o inconscientemente, que lo esencial de la democracia para el liberalismo representativista reside en la capacidad del conjunto de los ciudadanos de rectificar y sustituir libre y pacíficamente a quienes de hecho ejercen el poder (Popper, 1945) o el mantenimiento de unos procedimientos políticos accesibles al mayor rango posible de opciones y valores para sus ciudadanos, garantizando antes la libertad de cambio libremente demandada por los ciudadanos que el afán por el orden y la estabilidad (Margolis, 1979). Es por tanto, el control efectivo y formalizado por parte de los ciudadanos sobre los dirigentes y políticos lo que reclama la democracia de inspiración liberal (Elster, 1998), y no la mera competencia entre élites sin participación efectiva de los ciudadanos, como caricaturiza Iglesias.

La fijación obsesiva por la conquista del poder, en sí y para sí, es justificada por el Príncipe de Podemos como algo inevitable que todos los grupos practican. De esa forma parece protegerse de las posibles críticas de apología de la violencia y el asalto al poder, viniendo a decir, como el desencantado autor de “El Príncipe”, que, si esto es lo que hay, a los desposeídos o ciudadanos de a pie no les quedará más remedio que combatir con las mismas armas. Su admiración por la perspicacia política de Maquiavelo es puesta de manifiesto a lo largo de todo el libro, y el propio Pablo Iglesias aclara desde el primer momento que no le interesa la teoría idealista del florentino expuesta en sus “Discursos…”, sino la pesimista y pragmática de “El Príncipe”. Pero mientras de la lectura de aquella obra siempre se desprende un punto de amargura en su cinismo, una especie de distanciamiento moral por tener que aconsejar lo que va aconsejando a su Católica Majestad, en Iglesias más bien se detecta una auto-entronización entusiasta: como el nuevo príncipe (y de ahí mi insistencia en calificarlo de Príncipe de Podemos), llamado a asumir esas reglas, sin límites y con toda la astucia necesaria, al servicio de su inapelable causa.

El propio nombre de “Podemos”, adoptado como distintivo del partido-movimiento, revela a la luz de esta lectura una polisemia hasta ahora pasada por alto: en su acepción más intuitiva y benévola ‘podemos’ expresa capacidad de y estímulo por lograr algo; y esa es la que sin duda resuena en la mente de la mayoría de los simpatizantes y espectadores del nuevo fenómeno popular, ¿’podrán’ lograr su sueño de ganar las elecciones o de cambiar las inercias de muchas políticas? Sin embargo, bajo un contexto teórico tan vinculado al ansia por la conquista del poder, ‘podemos’ apunta a un referente mucho más absoluto y absolutista: ‘podemos’ es la encarnación del poderío de un grupo, la convicción de que ‘nosotros’ (todos los implícitamente incluidos, pero en realidad dirigidos por unos pocos), tendremos la posibilidad de dirigir la política sin contrapesos de ningún tipo.

El pragmatismo y versatilidad táctica que acompaña su propuesta le permite encubrir todavía mejor su disposición a ejercer la violencia si fuera útil a sus intereses. Considera que es la naturaleza de la política la que impone que la confrontación política tienda casi siempre a desarrollarse como la lucha “en un ring de boxeo” (idea que atribuye a Lenin), y que sólo en algunas circunstancias esa confrontación se ejerce “en un tablero de ajedrez”. En un momento en que recuerda las lecciones de su profesor Ramón Cotarelo en la Facultad, llega a decir que siempre será deseable que la política pase al terreno del ajedrez y abandone el del ring y que, “hoy, por suerte, no hay espacio para esa política [la del ring] en el Sur de Europa (p. 34). Pero de inmediato, de la mano de su gran maestro de fondo, Antonio Gramsci, y aplicando el “optimismo de la voluntad” de éste, desemboca en la idea de que, cuando el adversario es más poderoso y tiene más fuerza, “no queda más remedio” que jugar al ajedrez con él (p. 36), pero sin ignorar que “para derrotarlo definitivamente, el ring de boxeo era ineludible” (p. 36) y que “aunque sólo podamos jugar al ajedrez, nunca hay que olvidar que power is power (p. 38).

La equívoca polisemia de ese ‘podamos’ ilustra de nuevo el calculado equilibrio de ambigüedad en la que se mueve toda la exposición de Iglesias: ¿quiere decir, ‘aunque sólo debamos’, por considerar más deseable el ajedrez, o significa que no nos queda más remedio mientras no tengamos la fuerza suficiente, pero que el método saltaría al ring cuando tengamos el poder? El sentido preferido parece desvelarse cuando páginas más adelante apostilla: para cualquier actor político que carece de los fusiles de Mao, el terreno gramsciano [el del ajedrez] es el único posible” (p. 48). Y a partir de ahí se despliega un inquietante silencio respecto a cuál sería el método político que se ejercería en el Principado de Podemos si el nuevo Príncipe, como Chávez, como los Kirchner o los Castro controlara los resortes y las herramientas del poder. Del ejercicio del pluralismo democrático y la tolerancia entre los dispares no hay ninguna referencia significativa en todo su ideario.

Es cierto que en algún momento, atempera su discurso con una declaración explícita de que no hay que desterrar la moral de la política. Pero en la misma frase vuelve a insistir en que “para cambiar algo lo primero es entender cómo funciona” (p. 47), y a partir de ese ‘realismo’ vuelve a quedar en la ambigüedad qué límites morales concretos concibe para su política. Sobre todo cuando en otro momento ha afirmado: “La radicalidad en política no se mide por los principios […] sino por la radicalidad de los resultados” (p. 29). O también que “lo que define al Estado como máximo actor político es […] su capacidad de incumplir sus propias leyes” (p. 41).

Siendo de radicalismo de lo que se vanagloria el Príncipe de Podemos no parece quedar mucho espacio para los miramientos éticos o morales en el caso de que la partida de ajedrez electoral se hubiera completado con éxito. Sobre todo cuando la visión de la Historia que también expresa en su libro es la de que el tiempo termina siempre por validar todos los procedimientos, por violentos que fueran, de todos los antisistema que hayan acabado triunfando: “a fuerza de confrontarse con la realidad se impusieron en casi todos los lugares quienes defendían la vía violenta” (p. 51). En ningún momento reconoce que los originariamente violentos y antisistema que acabaron siendo reconocidos como beneficiarios de sus comunidades lo fueron cuando moderaron sus métodos y encontraron vías de pacto con sus antagonistas. En lugar de eso el Príncipe de Podemos da por sentado que es la radicalidad extrema de los procedimientos violentos lo que siempre acaba siendo legitimado. ¿Aspirará él a que, si el Principado de Podemos al final se impusiera, el realismo de la Historia lavara después cualquier hipotético exceso?

La indignación legítima del Principado de Podemos: Causas inapelables para soluciones suicidas o inexistentes:

Sería iluso suponer que la mera práctica de un marketing político inteligente, apoyado en unas condiciones culturales de fascinación por los espectáculos mediáticos, y un astuto ejercicio de enmascaramiento de marcos ideológicos pudiera por sí solo desencadenar un seguimiento popular tan amplio como el que en estos momentos ha alcanzado el proyecto de Principado de Podemos. Intervienen también condiciones favorables de compañeros de viaje periodístico-audiovisuales y la innovadora combinación, al estilo de Obama, de las tecnologías digitales del siglo XXI con la recuperación de las reuniones comunitarias del siglo XIX (cuestiones éstas que requieren pormenorizados análisis específicos).

Pero sin duda, las diversas crisis confluyentes –la económica, la social, la jurídica y la de todo el sistema institucional en su conjunto, con probable olvido de alguna más-, han proporcionado el detonante perfecto. Los motivos surgen sobrados para la indignación y la reivindicación de cambios estructurales profundos por parte de cualquier ciudadano bien intencionado, sean cuales sean las simpatías políticas de las que proceda. Como indican Luís García Tójar y Antón R. Castromil (2015), el éxito de Podemos proviene entre otros factores de la parálisis producida en nuestro sistema político por los partidos turnantes o complementarios de nuestra transición, que actuaron más “como defensores de privilegios” y no supieron ni “enfriar la euforia” de la economía fácil, ni invertir la riqueza obtenida en verdadera innovación productiva, ni explicar a la población a la llegada de la crisis “la necesidad de tanto sufrimiento”. En ese sentido, las páginas de descripción que Iglesias dedica la corrupción generalizada destapada en España en los últimos años (p. 151 y ss.) sólo pueden ser criticadas por su sectaria interpretación de algunos supuestos ejemplos (como el de la prisión cubana del militante del PP Ángel Carromero), o la mínima alusión a los ERE de Andalucía y otros puntos negros del espacio izquierdista, frente al pormenorizado detenimiento en los casos que salpican a la derecha.

Es natural y necesario que ese caldo moral de insatisfacción generalizada haya agitado la parsimoniosa y conservadora forma de afrontar los problemas por parte de las élites de los partidos tradicionales, por lo general más atentas a la conservación de sus parcelas de poder que a las reformas estructurales que la situación requiere.

A la hora de gritar y exigir cambios, el Príncipe de Podemos y su comité central para el Principado han podido criticar con más credibilidad que nadie (ellos no habían estado antes); y además utilizaban las metáforas más frescas y apelaban a la clave sentimental del buenismo universal (exceptuada La Casta), sin tener que pagar ningún peaje de realismo en la compaginación de derechos enfrentados (las obligaciones contractuales en el problema de los desahucios, los derechos de manifestación y huelga frente al ejercicio pacífico de actividad y comercio, etc.). Ese realismo político al que tanto apela Iglesias en sus escritos no rige a la hora de las reivindicaciones, que salen gratis cuando no se mantiene ninguna responsabilidad de gobierno.

Los problemas denunciados por Podemos son graves y perentorios, si bien tampoco son ellos los únicos que exigen soluciones al respecto –curiosamente otros partidos denunciantes han seguido sufriendo el ninguneo tradicional que el periodismo de élite aplica a las alternativas consideradas sin capacidad de gobierno-. Pero al margen del estado de gracia mediática concedido excepcionalmente a Podemos –o conquistado por esta formación mediante los recursos escénicos ya comentados-, las propuestas de solución esbozadas por el nuevo Príncipe y su principado prometido se mueven entre la etérea felicidad universal mágicamente obtenida por la nueva mayoría victoriosa, o la incógnita de lo que se renuncia a explicar en cuanto a procedimientos de gestión o de transformaciones institucionales.

“Que todos los niños vayan limpios y alimentados a escuelas públicas, que serán por supuesto las mejores que existan [no se dice si por calidad real en un marco competitivo o porque haya desaparecido la posibilidad de compararlas con otras] […] que todos los mayores reciban una pensión y sean atendidos en los mejores hospitales […] que a nadie le corten la calefacción en invierno si no la puede pagar […] que todo el mundo pueda trabajar en condiciones dignas sin verse obligado a aceptar sueldos o condiciones vergonzosas […] que a nadie se le persiga por sus opiniones [lo que al parecer no incluye a los periodistas que hacen preguntas incómodas]…” (p. 176).

Estos deseos maximalistas cierran el manual de “política para tiempos de crisis” de Pablo Iglesias. Y ¿quién no puede estar de acuerdo con tanto bienestar y progreso, exceptuando claro está los deslices hacia el colectivismo exclusivista que también insinúa? Sin embargo, no hay explicación de sus salvíficos procedimientos, hasta ahora tan desconocidos para la humanidad, y de lo poco que hay al respecto, las consecuencias se adivinan como mínimo contraproducentes.

Más allá de eso, el Principado de Podemos suscita temores verosímiles de rigidez uniformante y cercenamiento de las iniciativas de emprendimiento individual y de los contrapesos genuinamente democráticos de poder y vigilancia. Sus entusiastas seguidores debieran considerar tales riesgos y si están dispuestos a pagar el precio que exigen las totalitarias ‘democracias populares’ por ocuparse de una limpieza social que a menudo se queda en la limpieza de las sillas en la que nuevos plutócratas, de opresión aún más férrea, se acabarán sentando. Como recuerda el viejo dicho, corremos el riesgo de que para tirar el agua sucia tiremos también al niño y el propio caldero. Algunos como los venezolanos, cuyo régimen tanto admira y defiende el Príncipe de Podemos, ya lo han experimentado sin paliativos.

José Luis Dader


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