PabloIglesiasMitin.21dic2014

Pablo Iglesias, líder de ‘Podemos’, en un mitin en Barcelona en diciembre de 2014 (Diario El Mundo).

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‘Podemos’ y su líder Pablo Iglesias no han alcanzado por casualidad el centro de la atención pública española. Han interpretado mejor que sus adversarios las reglas del espectáculo político en sus circunstancias actuales y han desplegado una seducción escénica, ilusoria pero camuflada de supuesta renovación de las estructuras políticas, contra cuyo populismo ya advertía, sin conocerlos, Murray Edelman, hace más de 25 años, en su libro “Constructing the Political Spectacle” (1988).

Para este profesor ya fallecido (1919-2001) de la Universidad de Wisconsin, continuador del interaccionismo simbólico de George H.Mead e inspirado en postestructualistas como Foucault y Derrida, la política no es el contraste de opciones plurales objetivamente expuestas y racionalmente debatidas, que el idealismo democrático supone. Sino el espectáculo, en parte fantasioso y en parte ambiguo y de ideologizada distorsión, que los individuos y grupos con mayores recursos simbólicos construyen para suscitar el drama que emotivamente mejor satisfaga los miedos y esperanzas mayoritarios de la sociedad.

La comunicación política, en consecuencia, es comunicación dramatúrgica; y la mayoría de los componentes que confieren ‘relevancia’, ‘urgencia’, o ‘utilidad social’ a una propuesta o a la definición de un problema, no son más que el resultado de unas leyes de la escenificación que en el mundo contemporáneo se adaptan sobre todo a las pautas de los medios de comunicación de masas.

Para Edelman, el recurso principal del que se sirven los políticos en la sociedad de masas es el lenguaje y su construcción de símbolos, que condensan tanto la definición de los supuestos problemas como las hipotéticas soluciones. Y por consiguiente, “es el lenguaje, y no los hechos en cualquier otra acepción, lo que la gente experimenta”. La realidad política se reduce a su definición lingüística y ni políticos ni ciudadanos parecen capaces de escapar a tal reduccionismo (ed. 1992, p. 104). Para el citado autor, el discurso político huye del análisis de la complejidad real de las interacciones sociales y los procesos económicos por su necesidad de atraer a unas ‘masas’, en principio indiferentes y apáticas, que perciben los asuntos generales como demasiado abstractos y ajenos a la vida cotidiana de las personas. El ‘público’, al que en una sociedad democrática todas las fuerzas políticas apelan, mediante alternativas políticas sometidas a elección y debate, en realidad se evaporaría si se le importunara con una discusión rigurosa y plagada de matices:

«’El público’ es un agujero negro en el que desaparece sin dejar rastro cualquier esfuerzo político de los profesionales de la política, de los defensores de cualquier causa, los medios de comunicación o los científicos sociales. Su apatía, indiferencia, aquiescencia y resistencia ante las industrias de la conciencia resulta especialmente impactante en una época de muy extendida alfabetización y acceso prácticamente universal a los medios de comunicación” (pp. 7-8).

Como consecuencia de lo anterior, a los ciudadanos hay que captarlos psicológicamente mediante apelaciones mucho más elementales y directas: la dramatización, la simplificación, la personalización (p. 90); la comunicación dramatúrgica, en definitiva, en la que resulta fundamental la construcción de enemigos a quienes atribuir todos los males y la promesa de soluciones absolutas e inmediatas. Ello conlleva la reducción de los lentos y multifactoriales procesos sociales a la unidimensionalidad de un presente elemental, que se interpreta por cada facción ideológica de manera subjetivamente sesgada. A la luz de este diagnóstico, continúa señalando Edelman,

“la política consiste en una panoplia de espectáculos conflictivos que se superponen y que se esfuman del escenario tan pronto como nacen sus sucesores” (p. 94).

Mientras tanto, los desequilibrios, injusticias e ineficiencias estructurales se mantienen sin apenas variación, gobierne quien gobierne, porque las definiciones políticas que de ellos se ofrecen apenas superan el plano simbólico y, por otra parte, la transformación real de procesos e instituciones requiere una lenta e inabarcable evolución que supera los tiempos electorales.

‘Podemos’: El nuevo prestidigitador del espectáculo político

El pesimismo radical expresado por Edelman respecto a la comunicación política se refería lógicamente al escenario existente en su época y en particular al centro neurálgico del sistema estadounidense. Por lo que cualquier traslación al entorno español actual comienza, sin duda, por nuestros partidos mayoritarios. Muchas de las críticas y ejemplos concretos que aparecían en “La construcción del espectáculo político”  (edición en español de 1991) son, en efecto, trasladables en primer término a la retórica electoralista de ‘populares’ y ‘socialistas’. Sobre todo, lo referido a su incapacidad de transformación real de las estructuras, promesas maximalistas incumplidas, etc.

Pero lo más más llamativo de su análisis, en mi opinión, es que muchas de sus descripciones explican de manera diáfana la retórica de ‘Podemos’ y la fascinación surgida en torno a este grupo emergente, anticipando también la posible decepción que sus propuestas conllevarían en caso de su triunfo electoral.

Así, si la lucha política es una competencia por el establecimiento de nuevos símbolos con mayor capacidad de significación momentánea que la de sus adversarios (p. 2), ‘Podemos’ aparece ante la sociedad española como un actor político revestido de apariencia radicalmente ‘distinta’, en un momento de especial desconcierto, gracias a la exhibición de un nuevo lenguaje: nueva terminología y nuevos iconos, desde el cambio de estructura lingüística para la denominación del partido, la nueva nomenclatura para nombrar a sus enemigos o la diferente apelación semiótica que el aspecto físico de su líder inspira en el plano político  Cuando un grupo irrumpe en el escenario de la política con la suficiente fuerza simbólica como para reducir al resto a obsoleta convencionalidad compartida, ese grupo conquista, primero, el asombro popular –clave infalible en el funcionamiento de todo buen espectáculo-. Y a continuación, los observadores fascinados caen con facilidad en la preservación de su nuevo modelo en forma de ‘fetiche’ (p. 11).

Pero como apunta Edelman, la novedad no suele consistir en un diagnóstico realmente diferente de la realidad, sus problemas e injusticias, ni mucho menos aún, en una planificación viable y metodológicamente eficiente de transformaciones auténticas, capaz de rectificar el rumbo de la vida cotidiana de la gente. Sino tan sólo en una novedosa opción –retórica-, de designar los miedos y las esperanzas de las masas. De describir con mayor viveza los enemigos a los que atribuir todas las desgracias –dando salida catártica al rencor acumulado por el sufrimiento-, y proponiendo el bálsamo de soluciones plagadas de romanticismo (pero que evitan en cambio el contraste de su viabilidad y consecuencias).

“La gente que sufre ansiedad, tiene miedo y está desencantada respecto a las circunstancias de su vida responde con esperanza y entusiasmo a las promesas directas de mejora de esas circunstancias así como a las indicaciones explícitas de quiénes son los enemigos responsables de sus privaciones” (p. 59).

La demostración de solvencia para modificar en términos reales las situaciones negativas no es, sin embargo, lo esencial para obtener el favor del público, sino el efectismo que se despliegue en la representación ilusoria. Y en este aspecto hay dos componentes descritos por Edelman que se comprueban con facilidad en el despliegue lingüístico de ‘Podemos’. En primer lugar, la potencia apelativa del lenguaje empleado para la ‘construcción’ o definición de los problemas señalados como cruciales (con el olvido o silenciamiento de muchos otros). Describirlos de una forma que resulte convincente y atribuirles un origen (la culpa es de ‘la casta’, por ejemplo) inviste automáticamente de autoridad al que los enuncia y le hace parecer capaz de solucionarlos (p. 20). Acto seguido,el gesto verbal o físico que adopta la forma de respuesta a un problema libera a los grupos afectados de tener que contender con los recursos [reales] disponibles: dinero, destrezas prácticas» [etc.] (p. 25).

Y la táctica a la que recurrentemente se refiere Edelman para lograr ambas intervenciones es la ambigüedad. En palabras de este autor,

“la ambigüedad evita ofender a aquellos a quienes una promesa clara podría resultarles inaceptable, [a la vez que] anima a todo el mundo a leer conforme a sus propias preferencias la expresión lingüística [que se emite], y al mismo tiempo permite a los hablantes subrayar sus diferencias con sus rivales mediante particularidades estilísticas” (p. 50).

No en balde, es de creciente ambigüedad de lo que vienen acusando sus críticos al líder de ‘Podemos’, a medida que crece la posibilidad de un respaldo social transversal y dicho líder aspira ya a alcanzar el Poder y no sólo a llamar la atención. La paulatina reducción de propuestas políticas concretas, o siquiera la confirmación de las que eran formuladas en el programa electoral de unos meses atrás, refleja ese sometimiento a la ambigüedad de todo líder exitoso, sobre todo a la hora de afrontar las consecuencias que sus políticas tendrían en caso de ser aplicadas sin contemplaciones.

El conservadurismo esencial de los líderes populistas

Advierte además Edelman de la profunda contradicción que existe entre la connotación de ‘innovación’ y ‘emprendimiento’ que acompaña al propio concepto de liderazgo con la comprobación cotidiana de que sólo mantiene un liderazgo quien se somete a las expectativas de una gran masa que se siente cómoda, a su vez, con quien confirma las creencias y estereotipos del grupo. En tal sentido, liderar no es más que adaptarse a ser el reflejo de otros. Mantener el liderazgo requiere no desviarse del común denominador de un gran conjunto de personas, pues los verdaderos innovadores suelen tener respaldos más bien minoritarios… O tardan mucho tiempo en lograrlos. En otra de las cosas en las que estratégicamente acierta la cúpula de ‘Podemos’ es en ser conscientes de actuar como reflejo de un gran sector de ciudadanos desencantados, a los que, para mantenerlos, sólo cabe decirles que tienen razón en su desencanto (pero no enfrentarlos ni a sus contradicciones ni a poner en duda la obtención de sus sueños). Parecer innovadores y al mismo tiempo evitar el serlo vuelve a requerir una gran pericia en el uso simbólico y lingüístico de la ambigüedad.

La propia atención concentrada en los líderes es para Edelman una forma de desviar la atención respecto a las condiciones estructurales y los problemas reales de la comunidad política. El que unas personas sustituyan a otras en la cúspide del Poder no garantiza sin más el cambio global de procedimientos y de circunstancias complejas del entorno sociopolítico y económico. Las declaraciones voluntaristas, por llamativas que resulten y aun siendo sinceras, es improbable que consigan variaciones significativas en las lentas trayectorias de la injusticia, la desigualdad, la corrupción, la ineficiencia administrativa, la baja productividad, la dependencia energética, la competencia de mercados laborales más baratos y tantos otros desequilibrios.

“Aunque algunos líderes ayudan a aliviar esos problemas, -añade nuestro autor-, la mayoría convergen en crearlos y agravarlos, a menudo obteniendo fama y gloria como resultado. La reputación de un líder no depende de la rigurosa contabilidad de las consecuencias de sus actos” (p. 43)

El profundo escepticismo que Edelman profesa a todo liderazgo personalista –mayor cuanto más ‘grande’ o mesiánico se presente-, le hace desconfiar sobre todo de las propuestas que aparecen como radicalmente salvadoras:

“El demagogo que se aprovecha de la desgracia de la gente para ganarse su lealtad mediante promesas de un futuro feliz que no llegará a percibirse es un figura histórica recurrente” (p. 60).

Tal presencia es fácil que surja, según su perspectiva, cuando los mundos de la experiencia social cambian radicalmente ante nuevas condiciones materiales y del sistema de relaciones sociales, que provocan en la gente una necesidad de explicación capaz de minimizar la sorpresa y el misterio (p. 101). Ante dichas situaciones de especial necesidad, Edelman se lamenta de una especie de ‘Ley de Gresham’ por la cual los incidentes dramáticos que afectan a individuos –seleccionados con gran fruición por los medios-, se convierten en centro de atención y desplazan la percepción de las tendencias y estructuras profundas que explicarían la relación entre los elementos aislados. Pero considera esto poco menos que inevitable, ya que:

“La ingenuidad de la mente humana a la hora de construir mundos y la capacidad del lenguaje para satisfacer esa facultad son sutiles y encubiertas, pero son también los elementos que influyen de manera fundamental sobre lo político” (p. 102).

Sin duda la visión de Edelman pasa por alto otros componentes reales y racionales que también intervienen en la discusión política y en la representación de los procesos políticos que la comunicación política suministra. Pero su enfoque nos mantiene alerta ante algunas de las ofuscaciones en las que con mayor facilidad se puede incurrir al analizar o participar en los asuntos políticos.

Su crítica general a toda forma de mistificación de la política no le impide tampoco señalar que no todos los discursos políticos resultan igual de inválidos para promover una ‘elección racional’ (pp. 111 y 121), pero precisamente por ello, considera vital un distanciamiento crítico ante las formulaciones que a base de mayor espectacularidad tienen más probabilidades de desviar la atención de los análisis más dotados de realismo. Se trata, dice él, de liberarse de los textos políticos que quedan anclados en el presentismo, y “rechazar la consideración de todo texto o forma de discurso como supremo o esencial”, fomentando por el contrario la “sensibilidad hacia los aspectos múltiples y contradictorios de las realidades” (p128).

Ante discursos que directa o indirectamente apelan a la retórica de la ‘emancipación’ y que se muestran al público como los exclusivos y genuinos garantes de una liberadora “antipolítica”, el dictamen de Edelman no puede ser más crítico:

El lenguaje emancipatorio no se restringe a una alternativa específica, sino que proporciona una comprensión del abanico de discursos, perspectivas y realidades políticas que facilitan [al mismo tiempo] la implicación directa y el distanciamiento auto-consciente” (p. 129).

Puede que el espectáculo político, revitalizado en los últimos años por tantos magos del infoentretenimiento, haya servido para reintroducir en el seguimiento de la política a grandes capas de la sociedad que antes vivían despreocupadas frente al aburrido e incomprensible mundo de las decisiones oficiales. Pero cuanto más espectaculares resulten algunos líderes y grupos –y ‘Podemos’ sin duda lo es-, más precavidos debiéramos ser ante sus gestos y discursos; y con mayor realismo habría que diseccionar sus potenciales consecuencias.

José Luis Dader


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