Revista Trípodos. De perro vigilante a perro vigilado

 

Inauguro con esta entrada mis noticias y comentarios sobre actividades y estudios de comunicación política y periodismo.

Los profesores Casero, Izquierdo y Doménech han publicado una interesante investigación sobre las formas de control y presión entre periodistas y políticos en España.: “From Watchdog to Watched Dog: Oversight and Pressures between Journalists and Politicians in the Context of Mediatization” (Trípodos, 34:23-40. 2014).

Como resultado de las entrevistas a varias decenas de periodistas, políticos y directores de comunicación institucional, los autores sostienen que la debilidad en nuestro país del periodismo como institución social, agravada por la crisis económica, explica la escasa capacidad de vigilancia de los periodistas sobre las fuerzas políticas. Y en sentido contrario, se mantiene la mayor capacidad de las segundas para restringir y encauzar en su interés la supuesta independencia del periodismo.

Analizan esta tensión bajo la perspectiva de la mediatización de la comunicación política, fenómeno abordado en los últimos años por un gran número de autores entre los que destacan a Strömbäck (2010). Según el modelo concebido por este autor, una de las claves de la mediatización de la política consistiría en la libertad  o autonomía de los profesionales del periodismo para imponer su ‘lógica mediática’ en la cobertura y percepción de los asuntos públicos.

Aplicando el hilo argumental de Casero et al., puesto que los periodistas españoles reconocen escasa capacidad de fiscalización independiente, nuestra mediatización política sería de baja intensidad (más bien habría que hablar de domesticación política de la comunicación mediática, al disponer los líderes e instituciones relacionadas con los poderes públicos múltiples mecanismos para atemperar o teledirigir la actividad de los primeros).

Pero según los citados autores, esta relación desequilibrada se produce en medio de curiosas paradojas:

Por un lado, el sistema mediático español, tradicionalmente proclive al clientelismo ideológico y político (“Modelo Mediterráneo” en terminología de Hallin y Mancini), estaría ahora más sometido todavía, como consecuencia de su desesperada situación económica, reducción de plantillas, etc. Pero por otro, las instituciones políticas, también ahogadas por la crisis, dispondrían de menores regalos que repartir y su potencial imposición clientelar tendría menos eficacia ¿Empate como resultado?

El periodismo de investigación decae por consiguiente, y con ello se impondría un cobertura infoentretenida de la actualidad, con escasa implicación política (aunque como en el tópico mantra de los famosillos, detrás de los pronunciamientos de apoliticidad haya otro tipo de postura política). Pero al mismo tiempo –señalan estos autores-, algunos medios minoritarios intentan abrirse un hueco recurriendo al periodismo de denuncia, como estrategia comercial y apelativa (con lo que la mediatización volvería aquí a base de inyectar política, transformando a su vez el defecto de la debilidad económica en cierta virtud de ¿independiente? crítica política).

Pero subyace además otra paradoja que no alcanza a ser enunciada: Strömbäck y los autores de este artículo contraponen mediatización a dependencia clientelar. Y es cierto que la autonomía de los medios constituye la vía natural por la que la ‘lógica mediática’ podrá alterar los códigos de la política, para horror de sus protagonistas tradicionales. Pero al mismo tiempo, ese enmarcado mediático de la realidad tiende a distorsionar la esencia de la política, ocultar sus claves estructurales y sustituirlas por anécdotas y fanfarria. ‘Pop-pulariza’ la política (Mazzoleni y Sfiardini) y despolitiza el seguimiento cívico y la deliberación ciudadana.

La mediatización es también una forma de perversión de la comunicación política genuina y no puede contraponerse en un esquema buenista al clientelismo político. El control supremo de la información y el debate políticos, por unos medios sólo interesados en la parte telenovelesca de los asuntos públicos, no acarrea ninguna situación ideal para la democracia. Mediatización y politización tienen muchas más caras.

José Luis Dader


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