febrero 2015

El Principado de Podemos en la Democracia Sentimental

Pablo Iglesias Mitin

Fotografía publicada en El Estrella Digital. 4-11-2014

El Principado de Podemos constituye la segunda sentimentalización extrema que padece la democracia española en menos de una década (la primera fue el llamado Efecto ZP). Pero mientras la primera se limitaba a la versión frívola y de populismo buenista, propia de una época desahogadamente consumista y despreocupada hacia la política –no por ello menos nociva para el realismo socioeconómico-, la nueva patología viene acompañada de una planificación descaradamente consciente de su retórica demagógica, al servicio del proyecto de una élite que se siente revolucionaria (aunque por conveniencias prácticas quizá, al final, sólo lo fuera en parte). Mientras el anterior ilusionismo se condensaba en la afectividad del “talante”, la nueva ‘marea’ se embellece de indignación legítima para encubrir otro tipo de talante totalitario y antidemocrático.

El progresivo encauzamiento de la comunicación política al territorio de los sueños (Guillermo Bertoldi, 2009), alentado por el espectáculo creciente que despliegan los vendedores de imágenes y constructores de mitologías de prêt-à-porter político, ha desembocado en el imperio de las emociones como criterio clave para cualquier enjuiciamiento y elección en los asuntos políticos. El “efecto del afecto” (Neuman, Marcus et al, 2007) y la “política pop” que mimetiza a los actores políticos con las estrellas del exhibicionismo mediático (Mazzoleni y Sfardini, 2009), han copado el centro de cualquier proyecto político con vocación mayoritaria. El “political hype” o despliegue de las fanfarrias con su lógica publicitaria (Louw, 2005) anula o minimiza las otras dimensiones imprescindibles de toda política: la de los valores y puesta en práctica de medidas y la de la gestión concreta de los recursos disponibles. La “sensiocracia” (Perniola, 2004) es en realidad el nuevo sustrato inadvertido por el que se rige ahora el rendimiento de cuentas y la comparación entre propuestas, que supuestamente definen la supremacía ética y pragmática de la democracia liberal sobre otras formas de gobierno. Se impone un nuevo régimen de percepción y decisión política al que cabe calificar de “Democracia Sentimental” (como sugiere Markus, 2002).

En ese contexto, el auge de Podemos, con su coronación televisiva de un nuevo príncipe, dualmente iracundo y salvífico, se explica como la respuesta más satisfactoria para unas masas que sufren el golpeo de una crisis demasiado lenta en sus rectificaciones y que, sensitivamente habituadas a la celeridad de lo efímero, sueñan con un ‘happy end holliwoodense’ de inmediato advenimiento, de la mano de un prestidigitador de frescas metáforas y propuestas tan globales como simples.
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